Memética |
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Huelgan los comentarios
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Es natural que, en alcanzando ciertas edades provectas, quién más quién menos disfrute de los comentarios de descendientes directos, colaterales, políticos y espontáneos de diversa índole, que te dejan con cara de parvo al sentenciar sobre temas de los que en apariencia lo saben todo.
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es, aún más que el de literatura, uno de los Premios Nobel más discutibles. El mismo concepto es fácilmente cuestionable: Antiguos premiados como Arafat, Kissinger o Teresa de Calcuta no son especialmente prestigiosos.
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Vamos con el tercer as del póker, que es un individuo iletrado e inculto, de competencia lingüística deplorable, cargado de muletillas y de asombro hasta tal punto que apenas sale del mismo. Su pasmo permanente confiere a su expresión y a su verbo, pese a la edad, los resabios de algún compañero que todos tuvimos y cuyo nombre invariablemente era Vicente.
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Ya va siendo hora de tratar sobre el segundo as del póker. Si el primero vulgariza la ciencia, el segundo vulgariza la filosofía. El lector perspicaz puede sospechar a quién me refiero, porque ya he hablado sobre él. Este popular y multipremiado personaje es responsable de la oferta de una conocida editorial para lo que podríamos llamar el castañazo del otoño: la original y novedosa asignatura de "educación para la ciudadanía".
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He vuelto a oírlo. Mejor dicho, lo he leído una vez más. Parece que suena bien y se repite. He de confesar, con cierto pudor, que yo mismo lo he utilizado. Se ha puesto de moda. Y es aquí donde saltan mis alarmas, que se disparan fáilmente con estos éxitos fulgurantes de la comunicación. Pero no interesa ahora el fenómeno, sino el caso; concretamente los enunciados del estilo de “tal cosa es un insulto para la/mi/nuestra inteligencia”.
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Estoy viendo ahora mismo una de esas pseudoentrevistas publicitarias que adornan los vergonzosos informativos que hoy en día. Por lo visto, un sujeto ha escrito otro libro y, en consecuencia, nos vemos condenados a presenciar un auténtico diálogo de besugos. El tema del libro es común y de sobras conocido, puesto que se trata del amor. El presunto autor balbucea respuestas insensatas como de costumbre. Sorprendentemente, el entrevistador insiste en seguir preguntando, lo que hace sospechar que no está sopesando las respuestas. Acaba resultando obvio que el relamido presunto no ha escrito el libro, lo que conduce a preguntarse cómo y por qué se ha convertido en el portaestandarte de la divulgación científica en nuestro país. Un narciso tan desmedido como injustificable no basta para explicarlo. Y tampoco es aceptable la consideración de que más vale cualquier divulgación que ninguna.
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