El nivel físico
Los datos y fechas que se usan a continuación se corresponden con las aproximaciones más aceptadas por la ciencia actualmente. Aunque estos valores cambiasen en el futuro, las argumentaciones que se exponen no se verían afectadas sustancialmente.
El nivel I o físico existe desde el principio de los tiempos, hace unos 13.700 millones de años. Las condiciones para la formación de un sistema solar con un planeta como la Tierra, con elementos pesados y radiactivos fabricados por varias generaciones de estrellas, no se dieron hasta hace 4.600 MA y tan solo 200 MA de años después ya se registran indicios de vida. Es decir, que tuvieron que transcurrir 9.300 MA desde el Big Bang para que se diesen las circunstancias que posibilitaron el surgimiento de la vida en la Tierra, hace unos 4.400 MA. Si condensamos la historia del universo en sólo una hora, esta fase prebiótica ocuparía poco más de 40 minutos.
Este nivel físico se caracteriza por la pasividad en las operaciones de proceso de información. Pero los flujos y transformaciones de energía no se realizan ni en una dirección cualquiera ni en una estrictamente determinada, sino en alguna de entre un rango de probables. Por eso, siguiendo la flecha entrópica de un proceso es posible, hasta cierto punto, tanto pronosticar su evolución como reconstruir su historia. Es cierto que son operaciones muy diferentes y por eso los métodos que se utilizan también lo son. La reconstrucción de la trayectoria no se basa en la experimentación ni la predicción, sino en el análisis de vestigios, informaciones parcialmente deterioradas o enmascaradas por el ruido que precisan de restauración, contextualización e interpretación.
Facilita la elaboración de estas retrospectivas el hecho, ya mencionado pero crucial, de que los sistemas no están separados ni aislados, por lo que interfieren entre sí y perturban otros sistemas próximos, con lo cual los vestigios se multiplican.
Estos vestigios son informaciones residuales, rastros de los flujos y transformaciones de energía indeseados e indeseables. Son indeseados porque no responden a un propósito y son indeseables porque, desde el punto de vista de la eficacia del sistema, pueden considerarse como ruido.
Tal vez sea oportuno abundar un poco sobre todo esto: la información existe en paquetes donde la señal se presenta inevitablemente acompañada de cierta cantidad de ruido. La proporción entre ambos disminuye con el tiempo, porque la señal se deteriora convirtiéndose en ruido, con lo cual la información va perdiendo fiabilidad a la par que la entriopía aumenta. La confiabilidad de un sistema tiene que ver con su eficacia, es decir, con la relación entre señal y ruido de la información producida, y su calidad, que es la forma y rapidez con que se deteriora.
No debe caerse en el error de suponer que hay formas de energía privilegiadas o “mejores”, ya que depende de la naturaleza de cada sistema que una forma sea preferible a otra. Consideremos como ejemplo el caso concreto del calor: en términos generales, la transformación de un porcentaje de energía en calor puede considerarse como una pérdida y por tanto como ruido. Pero no siempre es así, en ocasiones lo que se busca es producir calor y, en ese caso, transformar en una energía distinta implica un detrimento de la eficacia, un despilfarro y, en consecuencia, una producción de ruido.
Para ilustrar la diferencia entre eficacia y calidad, consideremos la diferencia entre un termo, orientado hacia el mantenimiento de la calidad, y un refrigerador, más orientado hacia la producción. Ambos son sistemas que operan con la energía en forma de calor, pero prácticamente aquí acaban sus semejanzas.
Ya se ha dicho que no hay materia sin energía (ni energía sin materia) y una parte de esa energía se conserva en las formas. Las formas no son completamente casuales porque siguen sus propias leyes de formación y transformación. Por eso, observando las formas y sus cambios se puede reconstruir la trayectoria entrópica. Saber reconocer las desviaciones acontecidas, conjeturar sobre las causas e interpretar las consecuencias permite, en definitiva, elaborar un método para analizar dichos vestigios.
El conocimiento de las leyes de la forma permite interpretar los vestigios en que se basan, por ejemplo, los astrónomos para explicar la presencia de la Luna o los geólogos la del Gran Cañón del Colorado.
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