Dicen que Renato proclamó cogito, ergo sum para comenzar su "Discurso del Método" desde una certidumbre indiscutible. Esta sentencia ha sido analizada desde todos los puntos de vista imaginables. Pese a ello, me arriesgaré a suponer que el análisis cibernético expuesto a continuación no carece de interés.
El primer elemento de la sentencia se presenta como una constatación que, lejos de ser evidente, condensa un complejo maremagnum de conceptos y sobreentendidos.
Desde un punto de vista cibernético, “pensar” es alguna forma de procesar información. Por tanto, para pensar, es necesario efectuar operaciones con un sistema de procesamiento de información.
Sin embargo, “pienso” no significa “estoy pensando” en este instante, puesto que en el momento en que se enuncia lo que se hace es comunicar, que no es lo mismo. Concretamente, lo que se comunica es que se ha pensado.
Para comunicar es necesario usar un sistema de proceso de información. Y para saber que se ha pensado no basta con haberlo hecho, también es necesario recordarlo, para lo que se precisa de otro sistema adicional.
Pero aún no es suficiente, se necesita por lo menos un sistema más. En su percepción del problema, Renato resolvió extrayendo el fantasma de la máquina y reconectándolo mediante la glándula pineal, pero esta argumentación ha sido discutida y abandonada.
Es más plausible considerar un metasistema encargado de observar, registrar, coordinar y planificar que represente al sujeto implícito de la declaración.
Así, para explicar el enunciado “pienso”, necesitamos al menos cuatro sistemas de proceso de información: el que propiamente piensa, el que recuerda haber pensado, el que realiza la comunicación y el que supervisa, coordina y planifica toda esta actividad.
Aceptando que el sistema descrito podría llegar a generar el enunciado “pienso”, es decir, resuelto el problema de la factibilidad, aún nos quedaría otro problema fundamental, el de la confiabilidad.
La comunicación sólo tiene sentido si hay un receptor de la información. Dicho receptor debe ponderar la confiabilidad de la fuente y la verosimilitud del mensaje.
Enfoquémoslo desde otro punto de vista: pensar es una experiencia privada. No existe ningún método que permita probar tal experiencia subjetiva, ni mucho menos registrar su calidad y matices.
Por otra parte, pensar no implica una experiencia consciente y la consciencia del proceso es también una experiencia privada. De las experiencias privadas sólo podemos obtener indicios mediante dos vías: las manifestaciones del sujeto, en la medida en que sean fidedignas, y las deducciones que puedan realizarse observando su comportamiento.
Existen buenas razones de naturaleza práctica para atribuir a los demás capacidades y experiencias similares a las propias, al menos en principio. Así, cuando alguien dice que piensa no suele cuestionarse su sinceridad a menos que su comportamiento lo desmienta claramente. Pero si queremos contrastar la fiabilidad del comunicado debemos observar su conducta en busca de incoherencias.
En el caso de Renato, su desliz pineal no debería suponer un obstáculo serio para aceptar que su declaración es de confianza. Pero de lo expuesto se desprende que el “cogito” es un resumen, y que más exactamente significa: «soy consciente de que dispongo de un sistema de información que creo recordar ha sido capaz de realizar ciertas evaluaciones, entre ellas la de decidir comunicar este enunciado».
La complejidad del antecedente del enunciado se ha revelado en el análisis realizado hasta aquí. La aún mayor complejidad del consecuente se expondrá detalladamente en la próxima parte de esta revisión.
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