Ya va siendo hora de tratar sobre el segundo as del póker. Si el primero vulgariza la ciencia, el segundo vulgariza la filosofía. El lector perspicaz puede sospechar a quién me refiero, porque ya he hablado sobre él. Este popular y multipremiado personaje es responsable de la oferta de una conocida editorial para lo que podríamos llamar el castañazo del otoño: la original y novedosa asignatura de "educación para la ciudadanía".
Este prolífico y multitemático autor domina temas tan diversos como Dios y el cristianismo, la ética, la dignidad y la felicidad (incluida la felicidad política). Sabe lo que es la vida, vivir y convivir; conoce la razón, el ingenio y la inteligencia, especialmente la creadora (hasta en el ámbito económico). No contento con dominar la cognición, también lo hace con los sentimientos y la sexualidad, siendo en consecuencia feminista y adalid de la ultramodernidad. Tampoco le resultan ajenos el lenguaje, la voluntad, el miedo y la valentía. En definitiva, es un completo para todo momento.
Admito que sólo he leído la obra comentada, pero lo considero suficiente porque su estilo de pensamiento me recuerda la vaselina, en especial la que se utiliza en dispositivos ópticos: siempre que se ajusten despacio y suavemente se deslizan como una seda, ofreciendo sin embargo una gran viscosidad ante ajustes más vivaces.
En fin, antes había filósofos y ahora están más de moda los teólogos disfrazados, como les llamaba Valle-Inclán. ¡Qué tiempos!

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