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Un nuevo comienzo creativo o una reforma a fondo
“Lo que se ha echado a perder por culpa humana, puede también subsanarse mediante el trabajo humano. Un hombre se ve enfrentado a algo echado a perder debido a negligencias cometidas en épocas anteriores. No posee la energía necesaria como para remediarlo solo, pero encuentra ayudantes capaces, con cuyo apoyo, si bien no podrá lograrse un nuevo comienzo en un sentido creativo, por lo menos se llevará a cabo una reforma a fondo, cosa que también es digna de elogio. No todos los hombres están obligados a mezclarse en los asuntos mundanales. Existen también quienes ya han evolucionado interiormente a tal punto que tienen el derecho a dejar que el mundo siga su curso, sin inmiscuirse en la vida política como reformadores. Mas con ello no quiere decirse que han de asumir una actitud pasiva, inactiva o meramente crítica. Tan solo el trabajo dedicado a las metas más altas de la humanidad, que uno ejecuta sobre su propia persona, da una justificación para semejante estado de retiro. Pues aun cuando el sabio se mantiene apartado del cotidiano trajín, va creando incomparables valores para la humanidad del porvenir.”
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LA INDIFERENCIA Y LA INERCIA, QUE HAN CONDUCIDO AL ESTADO DE CORRUPCIÓN, DEBEN SER REEMPLAZADAS POR LA DECISIÓN Y LA ENERGÍA, A FIN DE QUE SUCEDA UN NUEVO COMIENZO
El Trabajo en lo Echado a Perder tiene elevado éxito.
Es propicio atravesar las grandes aguas.
Lo que se ha echado a perder por culpa humana, puede también subsanarse mediante el trabajo humano. No se trata de un sino inexorable, sino de una consecuencia del abuso de la libertad humana, lo cual ha conducido al estado de putrefacción. Por lo tanto, el trabajo destinado al mejoramiento tiene buenas perspectivas, puesto que se realiza en concordancia con las posibilidades del tiempo. Pero es necesario que uno no se arredre ante el trabajo y el peligro; es necesario tomar cartas enérgicamente. No obstante, es condición previa del éxito una adecuada reflexión.
En primer término, deben conocerse las causas que han conducido a la corrupción, antes de que ésta pueda subsanarse. Luego hay que preocuparse de que todo se encarrile bien por la nueva vía, para evitar una recaída. La indiferencia y la inercia que han conducido al estado de corrupción deben ser reemplazadas por la decisión y la energía, a fin de que un nuevo comienzo pueda suceder a la terminación de tal estado.
EL HOMBRE NOBLE DEBE SACUDIR A LA OPINIÓN PÚBLICA Y FORTALECER LUEGO EL CARÁCTER DE LA GENTE, TRANQUILIZÁNDOLO
Abajo, al borde de la montaña, sopla viento: la imagen del echarse a perder.
Así el noble sacude a las gentes y fortalece su espíritu.
Al soplar el viento en lo bajo, al borde de la montaña, se ve rechazado y echa a perder las plantas. Esto contiene una exhortación al enmendamiento. Lo mismo ocurre también con las disposiciones de ánimo inferiores, y con las modas: introducen corrupción en la sociedad humana. Para eliminarla, el noble ha de renovar la sociedad. El noble ha de eliminar el estancamiento sacudiendo a la opinión pública (tal como el viento sacude con su acción) y fortalecer luego el carácter de la gente, tranquilizándolo (como es el caso de la montaña que brinda tranquilidad y alimento a todo lo que crece a su alrededor).
Rectificar lo echado a perder por el padre.
Cuando hay un hijo,
no afecta falta alguna al padre difunto que retornó a su origen.
Peligro. Finalmente ventura.
Una rígida, inmóvil adhesión a lo tradicional tuvo por consecuencia esta corrupción. Pero el proceso de echarse a perder no se ve profundamente arraigado, y por eso todavía resulta fácil remediarlo. Es como si un hijo restableciera el equeilibrio en ese proceso de echarse a perder que subrepticiamente se ha introducio bajo el gobierno paterno. En este caso, ninguna mácula seguirá afectando la memoria del padre. Pero es menester no pasar por alto el peligro y no tomarse la cosa demasiado a la ligera. Únicamente si uno cobra conciencia del peligro que implica toda reforma, todo irá bien finalmente.
NO SE DEBE PROCEDER CON EXCESIVA RUDEZA, QUE PODRÍA HERIR; PERO ES MEJOR EL EXCESO QUE LA CARENCIA DE ENERGÍA
Rectificar lo echado a perder por la madre.
No se debe ser demasiado perseverante.
Se trata de fallas que por debilidad han causado esta corrupción. De ahí el símbolo de lo echado a perder por la madre. En este caso, al buscar el equilibrio hace falta una cierta delicada consideración. No se debe proceder con excesiva rudeza, que podría herir.
Rectificar lo echado a perder por el padre.
Habrá un poco de arrepentimiento. No hay falla grande.
Aquí se caracteriza a alguien que, al tratar de rectificar los errores del pasado, porcede con un ligero exceso de energía. Por esta causa surgirán seguramente, de tanto en tanto, pequeñas desavenencias y desazones. Pero es mejor el exceso que la carencia de energía. Por lo tanto, aun cuando alguna vez haya motivos para arrepentirse un poco, uno se mantendrá, sin embargo, libre de toda falla seria.
Tolerar lo echado a perder por el padre.
Al continuar así se afrontará la humillación.
Se indica aquí una situación en la cual, por su debilidad, uno no se enfrenta con lo echado a perder que procede del pasado, sino que deja que la corrupción siga su curso. Si esto continúa así, la humillación será la consecuencia.
SI EL SABIO RENUNCIA A REFORMAR LA VIDA POLÍTICA, SERÁ PARA DEDICARSE A TRABAJAR POR LAS METAS MÁS ALTAS DE LA HUMANIDAD DEL PORVENIR
Rectificar lo echado a perder por el padre.
Uno cosecha elogios.
Un hombre se ve enfrentado a algo echado a perder debido a negligencias cometidas en épocas anteriores. No posee la energía necesaria como para remediarlo solo, pero encuentra ayudantes capaces, con cuyo apoyo, si bien no podrá lograrse un nuevo comienzo en un sentido creativo, por lo menos se llevará a cabo una reforma a fondo, cosa que también es digna de elogio.
No está al servicio de reyes y príncipes.
Se propone metas más elevadas.
No todos los hombres están obligados a mezclarse en los asuntos mundanales. Existen también quienes ya han evolucionado interiormente a tal punto que tienen el derecho a dejar que el mundo siga su curso, sin inmiscuirse en la vida política como reformadores.
Mas con ello no quiere decirse que han de asumir una actitud pasiva, inactiva o meramente crítica. Tan solo el trabajo dedicado a las metas más altas de la humanidad, que uno ejecuta sobre su propia persona, da una justificación para semejante estado de retiro. Pues aun cuando el sabio se mantiene apartado del cotidiano trajín, va creando incomparables valores para la humanidad del porvenir.
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RICHARD WILHELM, Comentarios sobre “Ku o El Trabajo en lo Echado a Perder”. I Ching, El Libro de las Mutaciones (1122 a 221 a.C.), Edhasa, Barcelona, 1977.
Artículo "Tecnociencia y cooperación"
Acaba de salir publicado un artículo de Juan Luís Pintos y Juan R. Coca titulado "Tecnociencia y cooperación: una mirada desde la perspectiva de los Imaginarios Sociales". El trabajo ha salido en la Revista Colombiana de Filosofía de la Ciencia (http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=41471503&iCveNum=8952).
La apuesta por el decrecimiento
Acaba de salir el libro La apuesta por el decrecimiento. ¿Cómo salir del imaginario dominante?, escrito por Sergé Latouche y publicado por Icaria.
En esta obra se expone la teoría del decrecimiento en la que se defienden posturas interesantes, aunque no por eso novedosas. El decrecimiento no dista mucho del paradigma del cuidado de Leonardo Boff, de la apuesta por la pobreza del personalismo comunitario, de la humildad propia de las nuevas antropologías relacionales, etc. No obstante, el planteamiento del decrecimiento es más económico que todas estas otras propuestas, que son más éticas y antropológicas. Posiblemente por esta razón tendrá éxito.
El tema de lo imaginario no se trata en profundidad.
Republicanismo democrático o universalizar la libertad
“Robespierre, uno de los más odiados políticos de todas las derechas habidas, cosa comprensible, y de los más olvidados de casi todas las izquierdas, cosa mucho menos justificable, decía: “La primera ley social es, pues, la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir”. Porque sin esos medios de existencia, no hay esperanza alguna de libertad real para esa muchedumbre de trabajadores sin propiedad, no hay esperanza alguna de democracia. Las libertades liberales sirven de poco a los millones de excluidos de esta sociedad del éxito, a los que buscan empleo sin encontrarlo, a los que se humillan por mantenerlo, a los no llegan a fin de mes o a los que –cada vez más- malviven (o mueren) en condiciones infrahumanas. Los derechos formales, desconectados de los recursos materiales, de las condiciones reales de existencia social, no garantizan la libertad de los muchos. Y el programa del minoritario republicanismo democrático se resume en lo siguiente: universalizar la libertad. Pero la libertad como no dominación, en la sociedad y en el Estado”.
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Desde sus orígenes atenienses, la tradición histórica de la izquierda ha entendido por democracia el gobierno de los pobres, en el bien entendido que el pensamiento político antiguo consideraba “pobres” no a nuestros “sin techo”, a nuestros “pobres de solemnidad” que viven de la limosna ajena y la cristiana caridad, sino a los que no tienen propiedad o si la tienen es escasa, es decir, al trabajador asalariado, al que tiene que trabajar para vivir (precisamente porque carece de rentas de propiedad).
Esos “pobres”, en el mundo antiguo pero, más aún, en nuestro mundo actual, son mayoría y, precisamente por eso, por democracia siempre se ha entendido el gobierno de la mayoría. Esta afirmación no tolera la permuta de los factores. Puesto que los pobres son mayoría, la democracia es el gobierno de esta mayoría, pero si los pobres fueran minoría, la democracia seguiría siendo el gobierno de los pobres y, en ese caso, de la minoría.
LA DISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD ES EL CRITERIO QUE DEFINE LA NATURALEZA DEL RÉGIMEN POLÍTICO
Esta era la visión (desgraciadamente a veces olvidada) del gran Aristóteles en la obra maestra que es la Política: “Lo que diferencia la democracia y la oligarquía entre sí es la pobreza y la riqueza. Y necesariamente, cuando ejercen el poder en virtud de la riqueza, ya sean pocos o muchos, es una oligarquía, y cuando lo ejercen los pobres, es una democracia.” La distribución de la propiedad es pues el criterio que decide la naturaleza del régimen político. E insistimos: por democracia debe entenderse –y así se ha entendido hasta muy bien entrado el siglo XX- el gobierno de los excluidos de la propiedad, de la riqueza social productiva, de los medios de producción.
Democracia, pues, fue aquel régimen político que emancipó a las clases subalternas de la sociedad, a las clases trabajadoras, tradicionalmente excluidas por las oligarquías del gobierno de la cosa pública y aun de la misma sociedad civil. La tradición de izquierda, y el marxismo genuino no es excepción, engancha precisamente con esa tradición emancipadora: cuando Marx acuña el concepto de “dictadura del proletariado” no está pensando más que en un régimen de autodeterminación política de las clases trabajadoras. Que eso se terminara convirtiendo en la dictadura, primero de un partido único, y luego de un solo hombre, es ya la historia de la traición a una idea y a una praxis política. (more…)
Una revolución de mentes y corazones
“Me pregunta usted por mi credo político. Me opongo a toda idea fija, porque considero las ideas fijas como uno de los fenómenos comunes más peligrosos. Y por tanto me opongo también al fundamentalismo y dogmatismo de mercado, por lo que me merezco entre los “amargados” el sambenito de izquierdista. La ley del beneficio no garantiza nada coherente por sí mismo. O bien consigo convencer a la ciudadanía de que mi opinión minoritaria tiene sentido y me gano su confianza, o bien seguiré mis propios criterios y no me ofenderé. Aún podría formular mi “credo” de una manera distinta: creo que el orden moral es superior al orden legal, político y económico, y que estos órdenes deberían surgir de aquél y no buscar tretas para ver cómo pueden prescindir de su imperativo. Y que este orden moral tiene su anclaje metafísico en lo infinito y la eternidad. Aún hoy creo y sigo creyendo de forma aún más apremiante que hace falta una revolución de mentes y corazones, una especie de despertar general del ser humano y la salida del declive de una civilización autodestructiva”.
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-Ya hemos hablado de los llamados políticos apolíticos. El primero en usar el término, que yo sepa, fue el presidente Masaryk, quien en su etapa se refería a los diversos tipos de iniciativas cívicas o públicas en beneficio del prójimo. Ya ha explicado usted muchas veces en qué circunstancias y cuándo usó esta expresión. Sin embargo, aún se le reprocha su “política apolítica”. Evidentemente, con eso se entiende una especie de ensoñación irrealizable, la invención de algo nuevo, poca confianza en los partidos políticos y los procedimientos corrientes, una especie de moralización y quién sabe qué más. ¿Podría resumir en unas cuantas frases su credo político?
La cuestión es a qué se refieren todos esos procedimientos corrientes. Tengo la desagradable sensación de que en el fondo se trata de una ideologización de la mediocridad, de lo prosaico, de la banalidad. Es como si el ideal del comportamiento corriente fuera la adaptación a lo establecido, sea cual sea, porque el hecho de que la mayoría tienda a aceptarlo significa que es bueno en sí mismo. Al mismo tiempo, se trata de un rechazo al pensamiento independiente y sobre todo a la voluntad de sacrificar algo por unos ideales o arriesgar lo que sea.
El comportamiento mayoritario durante la “normalización” de los años setenta y ochenta, es decir, cuando la gente fingía que estaba de acuerdo con el sistema a cambio de poder disfrutar de su pequeña felicidad doméstica, se convierte aquí en ideal, y todo lo que se desvíe de esta fórmula es objeto de burla. De ahí que se rechazara a los disidentes. Ellos no se comportaban como la mayoría, estaban dispuestos a decir en voz alta la verdad y de ese modo mantener la continuidad del pensamiento libre, sin especular con el éxito sino arriesgándose al sacrifico y la pérdida. ¡Y esta desviación respecto del comportamiento normal no se perdona!
Me pregunta usted por mi credo político. Me opongo a toda idea fija, porque considero las ideas fijas como uno de los fenómenos comunes más peligrosos. Y por tanto me opongo también al fundamentalismo y dogmatismo de mercado, por lo que me merezco entre los “amargados” el sambenito de izquierdista. La ley del beneficio no garantiza nada coherente por sí mismo. Y si digo todo esto es porque el dogmatismo de mercado es parte de la ideología de lo estándar de la que hablábamos.
Pero yo no sé por qué debería, en virtud de una imposición superior, escoger a una mujer corriente, un piso corriente, acumular dinero y artículos de forma corriente y pensar de manera corriente. Y no sé por qué como político debería estar obligado a enarbolar la bandera de lo corriente. O bien consigo convencer a la ciudadanía de que mi opinión minoritaria tiene sentido y me gano su confianza, o bien seguiré mis propios criterios y no me ofenderé. (more…)
Artículo sobre Zubiri
Para aquellos que tengan interés en el pensamiento de Zubiri, adjunto un artículo que acaba de salir publicado en Ideas y Valores (http://dialnet.unirioja.es/servlet/fichero_articulo?codigo=2591039&orden=o).
¿Por qué todos los gobiernos destruyen la libertad y los derechos humanos?
“¿Qué ha destruido la libertad y los derechos del hombre en todos los gobiernos que han existido debajo del sol? La generalización y concentración de todos los cuidados y poderes. Creo sinceramente que si el Todopoderoso no ha decretado que el hombre no ha de ser jamás libre (y creer tal cosa es una blasfemia), el secreto residirá en hacerle depositario de los poderes que le conciernen, en la medida en que es competente para su ejercicio, y en delegar únicamente lo que escapa a su competencia, mediante un proceso sintético, a órdenes cada vez más altos de funcionarios, de forma que se confíen menos poderes cuanto más oligárquicos sean los fiduciarios”.
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No, amigo mío, la forma de tener un gobierno bueno y seguro no es confiárselo todo a uno, sino dividirlo entre todos, atribuyendo a cada uno exactamente las funciones para las que es competente.
EL VERDADERO SISTEMA DE EQUILIBRIO Y CONTROL DEL GOBIERNO
Confíese al gobierno nacional la defensa de la nación, y sus relaciones exteriores y federales; a los gobiernos de los Estados los derechos civiles, las leyes, la policía y la administración de lo que en general concierne al Estado; a los condados los asuntos locales de los condados, y que cada distrito municipal gobierne sus intereses en sus propios límites.
Todo irá mejor dividiendo y subdividiendo estas repúblicas, desde la gran república nacional hasta sus últimas subordinadas, culminando en la propia administración de las tierras de cada uno y sometiendo a cada uno lo que pueda supervisar con sus propios ojos.
¿Qué ha destruido la libertad y los derechos del hombre en todos los gobiernos que han existido debajo del sol? La generalización y concentración de todos los cuidados y poderes en su órgano, ya fuera el de los autócratas de Rusia o los de Francia o el de los aristócratas de un senado veneciano.
Y creo sinceramente que si el Todopoderoso no ha decretado que el hombre no ha de ser jamás libre (y creer tal cosa es una blasfemia), el secreto residirá en hacerle depositario de los poderes que le conciernen, en la medida en que es competente para su ejercicio, y en delegar únicamente lo que escapa a su competencia, mediante un proceso sintético, a órdenes cada vez más altos de funcionarios, de forma que se confíen menos poderes cuanto más oligárquicos sean los fiduciarios.
Las repúblicas elementales de los distritos municipales, las repúblicas de los condados, las repúblicas de los Estados y la república de la Unión constituirían una graduación de autoridades, sustentada cada una en una ley como fundamento, poseedora cada una de su porción delegada de poderes, que constituiría a su vez un verdadero sistema de equilibrio y control del gobierno.
SÓLO HAY PODER DEMOCRÁTICO ALLÍ DONDE CADA UNO PARTICIPA TODOS LOS DÍAS EN EL GOBIERNO DE SUS ASUNTOS
Allí donde cada uno participa en la dirección de la república de su distrito municipal, o de alguna de las más altas, y siente que participa en el gobierno de los asuntos, no simplemente en una elección, un día, sino todos los días, allí donde no exista un solo hombre en el Estado que no sea miembro de alguno de sus consejos, grandes o pequeños, ese hombre se dejará arrancar el corazón antes que permitir que un César o un Bonaparte le arrebate su poder.
¡Cuán poderosamente sentimos la energía de esta organización con ocasión del embargo! Sentí que los fundamentos del gobierno temblaban bajo mis pies sacudidos por los municipios de Nueva Inglaterra. No hubo un solo individuo en sus Estados que no pusiera su cuerpo en acción, con toda su inercia; y, aunque se sabía que todos los demás Estados eran partidarios de la medida, la organización de esta pequeña minoría egoísta le permitió contradecir a la Unión. ¿Qué hacían los condados del centro, el Sur y el Oeste, tan difíciles de administrar?
De convocarse una reunión del condado se habrían juntado los borrachos que merodean por los edificios administrativos y a su alrededor, pues por lo general las distancias eran demasiado grandes para que la gente buena e industriosa pudiera comparecer. La personalidad de los que de hecho hubieran comparecido habría dado la medida del peso que habrían tenido en la escala de la opinión pública.
Por consiguiente, igual que Catón terminaba todos sus discursos con las palabras “Carthago delenda est”, así termino yo cada opinión con el mandato “divídanse los condados en distritos municipales”. Establézcanse con un solo fin; no tardarán en demostrar para qué otros fines son los mejores instrumentos.
Dios os bendiga, y a todos nuestros gobernantes, y les conceda sabiduría, pues voluntad estoy seguro que no les falta, para fortalecernos contra la degeneración de nuestro gobierno y la concentración de todos sus poderes en manos de uno, de unos pocos, de los bien nacidos o de muchos.
THOMAS JEFFERSON, Carta a Joseph C. Cabell, su principal colaborador en la creación de la Universidad pública de Virginia. Monticello, a 2 de febrero de 1816. “Autobiografía y otros escritos”, Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. [Publicado en Filosofía Digital y Mundo Libre Digital]
Una oligarquía o monarquía constituye una traición al pueblo y a la humanidad
“Las necesidades que disuelven un gobierno no transfieren su autoridad a una oligarquía o monarquía. Al contrario, devuelven al pueblo los poderes por él delegados, dejando que sus individuos decidan por sí mismos. Puede ofrecérseles un líder, pero no es admisible que él se imponga o que se lo impongan al pueblo. ¿Acaso era nuestro Estado el único carente de virtud, hasta el extremo de que el miedo se adueñara de los corazones de los ciudadanos para convertirse en el motivo principal de sus desvelos y el principio de su gobierno? Este simple pensamiento constituye traición al pueblo, traición a la humanidad en general, pues fortalece para siempre las cadenas que inclinan sus cabezas, proporcionando a sus opresores una prueba -que habrían pregonado por todo el universo- de la imbecilidad del gobierno republicano”.
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Al enumerar los defectos de la Constitución sería erróneo incluir allí lo que sólo es error de personas específicas. Siendo angustiosas nuestras circunstancias entonces, en diciembre de 1776 se propuso en la cámara de delegados crear un dictador, provisto con todos los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, civiles y militares, con derecho de vida y muerte sobre nuestras personas y propiedades. Y en junio de 1781, nuevamente afligidos por la calamidad, se repitió la misma proposición, faltando sólo unos pocos votos para que fuese aprobada.
QUIEN LUCHE POR PURO AMOR A LA LIBERTAD, SE SENTIRÁ CONSTERNADO ANTE LA TRAICIÓN DE LOS OLIGARCAS
Quien haya entrado en esta lucha por un puro amor a la libertad y una sensibilidad ante derechos conculcados, decidiendo hacer cualquier sacrificio y exponerse a cualquier peligro para lograr el restablecimiento de tales derechos sobre una base firme, sin querer gastar su sangre y substancia en el torcido propósito de cambiar esta materia por otra, sino poner el gobierno en una pluralidad de manos elegidas por su propia decisión, de manera que nunca la voluntad corrupta de un hombre pueda en el futuro oprimirle, se sentirá consternado al saber que una parte considerable de esa pluralidad ha mediado en la rendición de todos los derechos a uno solo, entregándole al poder de una monarquía despótica como alternativa al de una monarquía limitada. ¡Hasta qué punto hemos de considerar abusados y traicionados sus esfuerzos si sigue siendo posible que por una sola votación se vea postrado a los pies de un hombre!
En nombre de Dios, ¿de dónde pretenden heredar esta competencia? ¿De nuestras leyes antiguas? Ninguna podrá alegarse a tales fines. ¿Acaso de algún principio expreso o implícito de nuestra nueva Constitución? Todos sus pronunciamientos, expresos o implícitos, se oponen plenamente a ello. Su principio fundamental es que el Estado será gobernado como una república. Proporciona una organización republicana; prohibe bajo el nombre de prerrogativa el ejercicio de cualesquiera competencias no definidas por las leyes, sienta sobre esta base todo nuestro sistema legislativo, y al consolidarlo en conjunto elige que se mantendrán o se hundirán todas juntas, sin prever ni admitir jamás como posible que algunas en especial pudieran ser suspendidas. No, en ningún instante lo acepta. (more…)
España y la sagrada ley de la mayoría
“En lo que toca a su propia libertad, paz y felicidad, no podemos estar tan seguros. No sabemos si los telones del fanatismo, los grilletes sacerdotales y el brillo deslumbrante del rango y la riqueza darán al sentido común de la masa de su pueblo [España] la oportunidad de optar por el autogobierno. Quizá nuestros deseos sean mayores que nuestras esperanzas. El primer principio del republicanismo es que la lex majoris partis (ley de la mayoría) es la ley fundamental de toda sociedad de individuos de iguales derechos; la más importante de las enseñanzas y sin embargo la última que se aprende a fondo, es que la voluntad de la sociedad enunciada por mayoría de un solo voto es tan sagrada como si fuera unánime. Si se desprecia esta ley no queda sino la de la fuerza, que conduce necesariamente al despotismo militar”.
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La información física que nos habéis dado de un país [España] hasta ahora tan vergonzosamente desconocido ha llegado en el momento más oportuno para guiar nuestro entendimiento en la gran revolución política que ahora la hace ocupar una posición destacada en el escenario mundial. El desenlace de sus forcejeos, por lo que respecta a España, no ofrece ya lugar a dudas.
¿TENDRÁ EL PUEBLO ESPAÑOL SENTIDO COMÚN PARA OPTAR POR EL AUTOGOBIERNO?
En lo que toca a su propia libertad, paz y felicidad, no podemos estar tan seguros. No sabemos si los telones del fanatismo, los grilletes sacerdotales y el brillo deslumbrante del rango y la riqueza darán al sentido común de la masa de su pueblo la oportunidad de optar por el autogobierno. Quizá nuestros deseos sean mayores que nuestras esperanzas.
El primer principio del republicanismo es que la lex majoris partis (ley de la mayoría) es la ley fundamental de toda sociedad de individuos de iguales derechos; la más importante de las enseñanzas y sin embargo la última que se aprende a fondo, es que la voluntad de la sociedad enunciada por mayoría de un solo voto es tan sagrada como si fuera unánime. Si se desprecia esta ley no queda sino la de la fuerza, que conduce necesariamente al despotismo militar.
Esta ha sido la historia de la revolución francesa, y ojalá que el entendimiento de nuestros hermanos del sur llegue a ser lo suficientemente amplio y firme como para comprender que su suerte depende de su sagrada observancia. [Carta al Barón Alexander von Humboldt. Monticello, 13 de junio de 1817]
LA SAGRADA OBSERVANCIA DE LA FUNDAMENTAL LEY DE LA MAYORÍA
Ya conocéis los penosos detalles de París. No estamos informados de los motivos por los que se ha hecho una revolución (la de Napoleón), y aún menos podemos adivinar cuál será su desenlace: si se repetirá la historia de Robespierre, o la de César, o se producirá el novedoso fenómeno de la usurpación del gobierno para liberarlo.
Nuestros ciudadanos, no obstante, deben extraer de ellos algunas lecciones provechosas. Deberían ver en ello la necesidad de arropar firme y estrechamente a su Constitución. De no tolerar jamás que se infrinja uno solo de sus preceptos. De inculcar a las minorías el deber de aquiescencia a la voluntad de la mayoría; y a las mayorías el respeto a los derechos de la minoría. De precaverse de las fuerzas militares, aunque sean de ciudadanos; de precaverse de otorgar demasiada confianza a ningún hombre.
La confianza del pueblo francés en Bonaparte le ha permitido derribar a puntapiés su Constitución y hacerle depender de su voluntad y de su vida. Nunca he visto un momento tan terrible como éste. También las perspectivas en este Estado, importante como es para nuestra unión, son muy desalentadoras. [Carta al Dr. William Bache, vecino de Jefferson en Virginia. Filadelfia, 2 de febrero de 1800]
THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. Publicado en Filosofía Digital y Mundo Libre Digital.
Republicanismo democrático
“El republicanismo democrático, que está presente, entre otros, en Paine, Jefferson, Robespierre y Marx, partiendo del concepto de la libertad como ausencia de dominación, se basa claramente en la independencia material o económica como criterio de ciudadanía plena. Desde este punto de vista, la republica es una comunidad de ciudadanos libres con capacidad económica suficiente para no estar sometidos o condicionados por la voluntad arbitraria de otros en el ejercicio de los derechos constitucionalmente reconocidos, es decir, ciudadanos que se autogobiernan tanto en su vida privada como en la pública. Hoy, cuando hablamos de republicanismo nos referimos no sólo a la opción por la forma de gobierno republicana frente a la monárquica como garantía de una democracia plena, sino también a una visión de la sociedad y del Estado en la que se excluye todo tipo de dominación ya sea política, social, económica, religiosa, cultural o de género. El concepto republicano de libertad es hoy un concepto activo, ligado a la igualdad y a la fraternidad.”
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El republicanismo vuelve a estar de actualidad. Y no sólo por el setenta y cinco aniversario de la proclamación de la II República que este año se conmemora. El republicanismo es hoy el lenguaje político común sobre el que las distintas izquierdas pueden articular una alternativa conjunta y coherente al neoliberalismo, ya que constituye la apuesta más segura por la regeneración democrática.
El discurso republicano se basa en una serie de propuestas, en las que coinciden todas las izquierdas, tanto las tradicionales como las alternativas, que pueden resumirse en el fomento de una ciudadanía comprometida y responsable, la democracia radical o participativa frente a la democracia liberal meramente delegativa, la desconcentración del poder, la rendición de cuentas por los representantes políticos, la defensa de los servicios públicos, de los derechos sociales y del medio ambiente frente al libre mercado, el laicismo como afirmación de la supremacía del poder civil democráticamente elegido frente a las interferencias de los poderes privados religiosos y económicos y la instrucción pública entendida como formación integral de la ciudadanía.
Pero, además, como han puesto de manifiesto Andrés de Francisco, Daniel Raventós o Antoni Doménech, el republicanismo democrático, que está presente, entre otros, en Paine, Jefferson, Robespierre y Marx, partiendo del concepto de la libertad como ausencia de dominación, se basa claramente en la independencia material o económica como criterio de ciudadanía plena. Desde este punto de vista, la republica es una comunidad de ciudadanos libres con capacidad económica suficiente para no estar sometidos o condicionados por la voluntad arbitraria de otros en el ejercicio de los derechos constitucionalmente reconocidos, es decir, ciudadanos que se autogobiernan tanto en su vida privada como en la pública.
Hoy, cuando hablamos de republicanismo nos referimos no sólo a la opción por la forma de gobierno republicana frente a la monárquica como garantía de una democracia plena, sino también a una visión de la sociedad y del Estado en la que se excluye todo tipo de dominación ya sea política, social, económica, religiosa, cultural o de género.
El concepto republicano de libertad es hoy un concepto activo, ligado a la igualdad y a la fraternidad. Ese ideal republicano de libertad no se limita a los derechos formales, sino que se basa en la creación de mecanismos institucionales que doten de seguridad material y económica a todos los ciudadanos, evitando que queden excluidos de la ciudadanía plena los que carecen de recursos. Sin independencia económica las posibilidades de disfrutar de la libertad de cualquier ciudadano se ven ciertamente limitadas.
Y por eso, la Renta Básica de Ciudadanía, con unos rasgos formales de laicidad, incondicionalidad y universalidad equiparables a los del sufragio universal, es una propuesta republicana, porque universalizaría un nivel razonable de independencia económica de todos los ciudadanos y aumentaría su libertad para vivir su vida con dignidad y respeto, especialmente para los sectores más vulnerables.
Sería un instrumento que facilitaría salir de la pobreza a buena parte de quienes están inmersos en ella, permitiría a los trabajadores asalariados ganar en poder de negociación frente a los empresarios o, al menos, en libertad de elección a la hora de poder rehusar un trabajo en condiciones precarias y facultaría a muchas mujeres, al gozar de cierta independencia económica, poner fin a situaciones de convivencia no deseada. Asimismo constituiría un reconocimiento de las otras formas de trabajo socialmente productivas distintas del trabajo asalariado, como el trabajo voluntario o de cuidado de otros.
Por otra parte, en los llamados Estados del bienestar el reconocimiento formal de la igualdad de derechos no ha comportado la igualdad real de las condiciones de vida de los ciudadanos. Los actuales sistemas de protección social y las políticas asistenciales no han acabado con la pobreza, la exclusión social y los espacios de dominación privados: la dominación económica, la dominación cultural o la dominación de género.
Asimismo, los subsidios de cobertura de mínimos a los más necesitados han generado una importante espiral de dependencia en muchas personas, que no les permite desarrollar, ni muchas veces siquiera plantearse, sus respectivos planes de vida, han originado la estigmatización de quien tiene que demostrar su incapacidad para obtener recursos a fin de acceder a un determinado subsidio y han fomentado las llamadas trampas del paro y la pobreza.
La Renta Básica, por sí sola, no basta para transformar las esa realidad y las desigualdades que el sistema capitalista conlleva. Pero, indudablemente, su implantación racionalizaría, objetivaría y mejoraría el sistema de protección social y sería compatible con el actual sistema de pensiones públicas contributivas y con la defensa de la universalidad e incondicionalidad de las prestaciones sociales, sanitarias, educativas y culturales públicas.
En definitiva, la Renta Básica supondría una garantía de la efectividad de la igualdad y la libertad republicanas y su extensión a todos y a todas, que eso y no otra cosa, es la fraternidad republicana.
Asimismo pocas medidas podrían contribuir más a fomentar la participación en los asuntos públicos que la existencia de un ingreso de ciudadanía, que asegurase un mínimo de existencia social, es decir de incorporación material a la comunidad política con independencia de cualquier otra consideración.
Para conseguir una democracia republicana deliberativa, en la que los ciudadanos se impliquen responsablemente en los asuntos públicos en condiciones de igualdad, es imprescindible garantizar primero la suficiencia económica que asegure la autonomía y la independencia frente a cualquier tipo de interferencia arbitraria y, después, establecer los instrumentos políticos que posibiliten el control y la intervención directa de los administrados en las decisiones políticas.
Únicamente desde estas bases será posible construir la República de ciudadanos, “trabajadores de toda clase”, que los constituyentes de 1931 propugnaban.
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JOSÉ MIGUEL SEBASTIÁN. Reivindicación republicana de la Renta Básica. Madrid, abril de 1996. Publicado en Mundo Libre Digital.
Barómetro social de España
Entrevista de Enrique Carretero a José A. Bergua en Revista ROTEIROS (Versión castellana)
El libro es el resultado de un análisis con cierta profundidad y relacionándolos entre sí de algunos asuntos que están en el centro de la reflexión sociológica contemporánea como la cuestión natural, la relación con los “otros”, la crisis de la democracia y la explosión del hedonismo. Relacionados con esos grandes temas hay otros no menos importantes como la sociedad del riesgo, las relaciones entre pueblos y ciudades, el cuestionamiento de la ciencia, la sociedad del trabajo, la democracia participativa, etc. Lo que he intentado es ir más allá de los síntomas que los grandes temas enuncian y que los otros complican para alcanzar los pathos que hay en su origen. La conclusión que se va desgranando en el libro es que la crisis de la modernidad tiene que ver con el agotamiento de sus bases imaginarias fundacionales. También me arriesgo a sugerir que el denominador común de todas esas bases es el patriarcalismo y muestro algunas interesantes líneas de fuga, ya transitadas por ciertos feminismos .
Texto en la revista Athenea Digital: Maurice Halbwachs
Puede accederse a mi texto titulado:
Maurice Halbwachs: Oficialidad y
clandestinidad de la memoria
en la Revista: Athenea Digital (Departamento de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona). núm. 13, primavera 2008.
a través de la dirección:
Roteiros. Arumes de Pensamento Crítico
de pensamento crítico, editada pola Asociación Cultural de Pensamento Filosófico e 3C3 Editores.
Michel Maffesoli. La misteriosa naturaleza del vínculo societal
Nada nuevo hay bajo el sol.
EclesiastésI. Religiosidad metamorfoseada. La presencia de lo sagrado en una secularizada cotidianeidad.
El fuego purificador de la palabra
“Con el paso de los años he observado que las personas más sabias, inteligentes y cultas son las más sencillas, humildes y de trato más cálido y humano. Y las menos inteligentes y sabias son las más soberbias y altaneras. Estas últimas se creen superiores a sus semejantes y con derecho a dirigirlos y humillarlos venido el caso. Es asqueante ver a ese tipo de personalidades en cualquier lugar, pero principalmente en la política y la educación. Son una lacra para nuestra sociedad, nuestro medio ambiente, nuestra evolución y nuestra dignidad. Porque de zarzas está plagada nuestra sociedad, y yo voy a pegar fuego a todas las zarzas del mundo con la palabra. Y voy a abrazar, cuidar y dar las gracias a los hermosos, humildes y útiles árboles que nos dan tan generosamente sus frutos, sombra y oxígeno, allí dónde estén.”
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“Una mente pura detesta imponerse a sus semejantes y, como diría Washington, considera que la honradez es siempre la mejor política”.
Con el paso de los años he observado que las personas más sabias, inteligentes y cultas son las más sencillas, humildes y de trato más cálido y humano. Y las menos inteligentes y sabias son las más soberbias y altaneras. Estas últimas se creen superiores a sus semejantes y con derecho a dirigirlos y humillarlos venido el caso.
Es asqueante ver a ese tipo de personalidades en cualquier lugar, pero principalmente en la política y la educación. Son una lacra para nuestra sociedad, nuestro medio ambiente, nuestra evolución y nuestra dignidad.
He copiado en favoritos este texto, porque me parece magistral todo su contenido. Son pensamientos que siempre me han acompañado y ahora encuentran una forma de expresión sublime en este texto, que leeré una y mil veces (lo he copiado en favoritos). Y cada vez que me tope con algún personajillo, muy abundantes por desgracia, en nuestra actual sociedad, lo recordaré para no deprimirme y para sentirme menos sola.
También me voy a aprender de memoria este pasaje de la Biblia, para que jamás se me olvide y venido el caso recitárselo a quien corresponda:
“Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.”
Porque de zarzas está plagada nuestra sociedad; y yo, que, a estas alturas, de santa tengo muy poco y la lengua con el paso de los años se me está soltando, sin freno ni vergüenza, ante los personajillos, voy a pegar fuego a todas las zarzas del mundo con la palabra. Y voy a abrazar, cuidar y dar las gracias a los hermosos, humildes y útiles árboles que nos dan tan generosamente sus frutos, sombra y oxígeno, allí dónde estén.
Gracias por este magnífico artículo.
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Publicado en TRIBUNA LIBRE, sección de Filosofía Digital
Cómo juzga el pueblo el carácter de los que aspiran a los cargos
“Los pueblos cometen muchos menos errores que los príncipes, tanto en lo que respecta a las falsas opiniones como en lo que toca a la corrupción. Puede ser que los pueblos sean engañados por la fama, la opinión y los actos de un hombre, estimándolo más de lo que merece; por eso, los buenos organizadores de las repúblicas han dispuesto las cosas de modo que, cuando se hayan de efectuar los nombramientos de los cargos más elevados de la ciudad, en los que sería muy peligroso colocar hombres que no estuvieran a la altura de su puesto, siempre que se vea que la voluntad popular se inclina a nombrar a un inepto, cualquier ciudadano pueda exponer públicamente en la asamblea los defectos de ese candidato, y esto no sólo le será lícito, sino que constituirá un motivo de gloria, pues así el pueblo podrá juzgar mejor, al ser más completo su conocimiento. Y el ciudadano que desee comenzar a obtener los favores del pueblo, debe ganarlos con algún hecho notable.”
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Ya hemos hablado otras veces de cómo Tito Manlio, luego llamado Torcuato, salvó a Lucio Manlio, su padre, de una acusación que había formulado contra él Marco Pomponio, tribuno de la plebe. Y aunque el procedimiento empleado para salvarlo fue un tanto violento y extraordinario, sin embargo, esa piedad filial para con su padre resultó tan grata a la comunidad, que no sólo no fue castigado, sino que, a la hora de nombrar tribunos para las legiones, el segundo en resultar elegido fue Tito Manlio.
EL PUEBLO DISTRIBUYE LOS CARGOS MEJOR QUE UN PRÍNCIPE
Este suceso, en mi opinión, resulta útil para analizar el modo que tiene el pueblo de juzgar a los hombres en el reparto de cargos, y si es verdad, como dijimos en otra ocasión, que el pueblo los distribuye mejor que un príncipe.
Digo, pues, que el pueblo, al hacer el reparto, se guía por lo que la voz pública o la fama dicen de uno, cuando no lo conoce por sus obras notorias, o por la presunción o la opinión generalizada que se tiene de él.
Estas cosas pueden tener su origen en los padres, pues si éstos han sido ciudadanos valerosos y grandes hombres, se tiende a creer que sus hijos se les parecerán mientras que las obras no demuestren lo contrario.
Otra causa de este tipo de fama puede ser el comportamiento que demuestran aquellos de quienes se habla. A este respecto, los comportamientos más deseables son: buscar la compañía de varones graves, tener buenas costumbres y ser considerado prudente por todo el mundo.
Y como no puede haber mejor indicio de la naturaleza de un hombre que las compañías que frecuenta, el que acostumbra a tener compañías honestas conquista merecidamente su buen nombre, pues es imposible que no guarde alguna semejanza con ellas.
También puede conquistarse la fama pública por alguna acción excepcional y notable, aunque sea privada, en la que te hayas desenvuelto honorablemente. Y de estas tres cosas que otorgan reputación a un hombre en sus principios, ninguna la otorga mayor que esta última.
LOS NACIDOS EN UNA REPÚBLICA DEBEN INGENIÁRSELAS PARA DISTINGUIRSE POR ALGÚN HECHO EXCEPCIONAL
Porque la primera, los parientes y padres, es tan falaz que los hombres proceden con cautela, y pocas veces llegan a cuajar, si no se añaden las virtudes propias.
La segunda, el darse a conocer por medio de los modales, es mejor que la anterior, pero muy inferior a la tercera: porque hasta que no se ve algún signo que nazca de la propia persona, la reputación se fundará en la opinión, que se desmiente fácilmente.
Pero la tercera, que tiene su origen y fundamento en los hechos y las obras, da en los principios tanto nombre que sería preciso, si se quisiera anularlo, hacer muchas cosas contrarias a aquella en que se basa.
Los hombres nacidos en una república deben, pues, preferir este medio para darse a conocer, e ingeniárselas de modo que algún hecho excepcional les permita comenzar a distinguirse. Esto es lo que hicieron en Roma muchos jóvenes, o proponiendo una ley que redundase en beneficio público, o acusando a los ciudadanos poderosos que habían transgredido la ley, o haciendo cualquier otra cosa por el estilo, notable y nueva, de la que se hubiese de hablar.
Pero semejantes acciones no sólo son necesarias para comenzar a adquirir reputación, sino que también son útiles para mantenerla y acrecentarla, porque para hacerlo es preciso renovarla, como hizo Tito Manlio durante toda su vida. Pues después de defender a su padre tan virtuosa y extraordinariamente, ganando por dicha acción una reputación incipiente, después de algunos años combatió con aquel galo y, tras matarle, le quitó el collar que le valió el sobrenombre de Torcuato.
No le bastó eso, porque después, ya en edad madura, mató a su hijo por haber combatido sin permiso, aunque había vencido al enemigo. Estas tres acciones le dieron más renombre y le hicieron más célebre por los siglos de los siglos que ningún otro triunfo o victoria, pese a que consiguió más que cualquier otro romano. Y la razón de esto es que en las victorias Manlio tuvo muchísimos émulos, pero en estas acciones particulares tuvo poquísimos o ninguno.
A Escipión el mayor no le acarrearon tanta gloria todos sus triunfos como el haber defendido a su padre en el Tesino, siendo jovencísimo, y el haber hecho jurar, con la espada desenvainada, a muchos jóvenes romanos, después de la derrota de Cannas, que no abandonarían Italia, como tenían pensado. Estas dos acciones dieron principio a su reputación y le sirvieron de trampolín para sus triunfos en España y África. Su fama se acrecentó todavía más cuando, en España, devolvió la hija al padre y la esposa al marido.
LOS PUEBLOS COMETEN MUCHOS MENOS ERRORES QUE LOS PRÍNCIPES, TANTO EN LO QUE TOCA A LAS FALSAS OPINIONES COMO EN LO QUE TOCA A LA CORRUPCIÓN
Este modo de obrar no es necesario sólo para aquellos ciudadanos que quieren conquistar fama para obtener los honores de la república, sino también para el príncipe que quiera mantener su prestigio en el reino, porque nada hace que se le estime tanto como dar raros ejemplos de sí con cualquier dicho o hecho singular en favor del bien común, pues ellos muestran al señor como magnánimo, liberal o justo, y hacen que, en el futuro, tales cualidades le sean atribuidas proverbialmente por sus súbditos.
Pero para volver al principio de nuestro discurso, digo que el pueblo, cuando empieza a confiar algún cargo a un ciudadano, basándose en alguna de las tres razones citadas, no se apoya en mal fundamento; pero luego, cuando los numerosos ejemplos de buen comportamiento de alguien lo hacen más conocido, fundamentará mejor su elección, pues en tal caso será casi imposible que se engañe.
Hablo solamente de aquellos cargos que se dan a los hombres al principio de su carrera política, antes de que sean mejor conocidos por una firme experiencia o pasen de un comportamiento a otro totalmente distinto; y creo que aquí los pueblos cometen muchos menos errores que los príncipes, tanto en lo que respecta a las falsas opiniones como en lo que toca a la corrupción.
Puede ser que los pueblos sean engañados por la fama, la opinión y los actos de un hombre, estimándolo más de lo que merece, lo que no le sucederá a un príncipe, pues se lo dirán y le advertirán de ellos sus consejeros; por eso, para que también los pueblos tengan sus consejeros, los buenos organizadores de las repúblicas han dispuesto las cosas de modo que, cuando se hayan de efectuar los nombramientos de los cargos más elevados de la ciudad, en los que sería muy peligroso colocar hombres que no estuvieran a la altura de su puesto, siempre que se vea que la voluntad popular se inclina a nombra a un inepto, cualquier ciudadano pueda exponer públicamente en la asamblea los defectos de ese candidato, y esto no sólo le será lícito, sino que constituirá un motivo de gloria, pues así el pueblo podrá juzgar mejor, al ser más completo su conocimiento.
Así se hacía en Roma, como demuestra el discurso de Fabio Máximo ante el pueblo durante la segunda guerra púnica, cuando, en la elección de los cónsules, la opinión favorecía a Tito Otalicio, a quien Fabio consideraba poco apto para el cargo, sobre todo en aquellos tiempos; habló contra él demostrando su insuficiencia, y logró que no se le otorgase el puesto, inclinando la voluntad popular hacia otro que lo merecía más.
Los pueblos, pues, juzgan en las elecciones según las señas más fiables que pueden tener del carácter de los hombres, y cuando pueden ser aconsejados como los príncipes, se equivocan menos que ellos; y el ciudadano que desee comenzar a obtener los favores del pueblo, debe ganarlos con algún hecho notable, como hizo Tito Manlio.
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NICOLÁS MAQUIAVELO, Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Alianza Editorial, 1987. Traducción de Ana Martínez Arancón. Publicado en Mundo Libre Digital, 11/04/08)
Sociedad, civilización y gobierno
“Gran parte del orden que reina en la humanidad no es efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo del gobierno. Cuando más perfecta sea la civilización, menos necesidad tiene de gobierno, pues más regula sus propios asuntos y se rige sola. Pero ¡cuán a menudo se ve a la sociedad perturbada o destruida por las actuaciones del gobierno! Una de las grandes ventajas de la Revolución Americana ha sido que llevó a un descubrimiento de los principios, y reveló los engaños, de los gobiernos. Hasta entonces, todas las revoluciones se habían realizado dentro de un ambiente de palacio, y nunca en el grande ámbito de una nación. Los participantes en ellas pertenecían siempre a la clase de los cortesanos, y por muy rabiosamente que desearan la reforma, mantenían cuidadosamente el fraude de la opresión. En ningún caso dejaban de representar al gobierno como algo lleno de misterios, que no entendían más que ellos mismos, y escondían a la comprensión de la nación lo único que era beneficioso saber, esto es, que el gobierno no es sino una asociación nacional que actúa conforme a los principios de la sociedad.”
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Gran parte del orden que reina en la humanidad no es efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo del gobierno. La dependencia mutua y el interés recíproco que el hombre tiene respecto del hombre, y todas las partes de la comunidad civilizada de unas respecto a las otras crean esa gran cadena de conexión que la mantiene unida.
LA SOCIEDAD HACE POR SÍ MISMA CASI TODO LO QUE SE ATRIBUYE AL GOBIERNO
El terrateniente, el agricultor, el fabricante, el comerciante, el hombre de negocios y todas las ocupaciones prosperan gracias a la ayuda que cada uno recibe del otro, y del todo.El interés común regula sus preocupaciones y forma su ley, y las leyes que ordena el uso común tienen mayor influencia que las leyes del gobierno. En fin, la sociedad hace por sí misma casi todo lo que se atribuye al gobierno.
Para comprender la naturaleza y la cantidad de gobierno adecuado para el hombre es necesario atender al carácter de éste. Como la naturaleza lo destinó a la vida social, lo capacitó para la condición que se proponía. En todos los casos hizo que sus necesidades naturales fueran mayores que sus facultades individuales. Ningún hombre puede, sin la ayuda de la sociedad, satisfacer sus propias necesidades, y esas necesidades, al actuar sobre el individuo, impelen a todos ellos hacia la sociedad, con la misma naturalidad con que la gravitación actúa respecto del centro.
Pero ha ido más allá. No sólo ha obligado al hombre a entrar en la sociedad mediante toda una variedad de necesidades que se pueden satisfacer mediante la ayuda recíproca de unos a otros, sino que además ha implantado en él un sistema de afectos sociales que, pese a no ser necesarios para su existencia, son indispensables para su felicidad. No hay período de su vida en que deje de intervenir su amor a la sociedad. Este comienza y termina con nuestro ser.
Si examinamos atentamente la composición y la constitución del hombre, la diversidad de talentos en diferentes hombres para adaptarse recíprocamente los unos a las necesidades de los otros, su propensión a la sociedad, y en consecuencia a conservar las ventajas que se derivan de ella, descubriremos fácilmente que una gran parte de lo que se llama gobierno es mero engaño.
El gobierno no es necesario más que para atender a los pocos casos en que la sociedad y la civilización no tienen bastante competencia, y no faltan ejemplos que demuestren que todo lo que el gobierno puede añadir a esas competencias es algo que se ha venido haciendo mediante el consentimiento común de la sociedad, sin gobierno.
Durante más de dos años a partir del comienzo de la guerra de América, y un período más largo en varios de los Estados americanos, no hubo formas establecidas de gobierno. Los gobiernos antiguos se habían abolido, y el país estaba demasiado ocupado en defenderse para dedicar su atención a establecer nuevos gobiernos; sin embargo, durante este intervalo se mantuvieron un orden y una armonía tan inviolables como en cualquier país de Europa.
Existe una aptitud natural en el hombre, y más aún en la sociedad, porque abarca una necesidad mayor de necesidades y recursos, para adaptarse a cualquier situación en la que se encuentre. En el momento en que queda abolido el gobierno formal, empieza a actuar la sociedad: se produce una asociación natural, y el interés común produce la seguridad común. […]
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La libertad promete una nueva era a la raza humana
“La revolución de América realizó en la política lo que no era sino teoría en la mecánica. La libertad estaba perseguida en todo el globo, a la razón se la consideraba rebelión, y la esclavitud del temor había hecho que los hombres tuvieran miedo a pensar. La independencia de América, considerada meramente como separación de Inglaterra, hubiera sido cuestión de escasa importancia si no hubiera ido acompañada de una revolución en los principios y en la práctica de los gobiernos. Se irguió no sólo en su propia defensa, sino en la del mundo, y miró más allá de los beneficios que ella misma pudiera recibir. El gobierno fundado en una teoría moral, en un sistema de paz universal, en los invencibles y hereditarios Derechos del Hombre, no interesa a individuos determinados, sino a las naciones en su progreso, y promete una nueva era a la raza humana.”
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Cabría aplicar a la razón y la libertad lo que dijo Arquímedes de las fuerzas mecánicas: “Dadme un punto de apoyo”, dijo, “y levantaré el mundo”.
LA LIBERTAD PERSEGUIDA ES CONSIDERADA REBELIÓN Y LA ESCLAVITUD DEL TEMOR PRODUCE EN LOS HOMBRES MIEDO A PENSAR
La revolución de América realizó en la política lo que no era sino teoría en la mecánica. Tan arraigados estaban los gobiernos del viejo mundo, y tan efectivamente se había establecido la tiranía y la antigüedad de la costumbre sobre la mente, que no podía hacerse un comienzo en Asia, África ni Europa para reformar la condición política del hombre. La libertad estaba perseguida en todo el globo, a la razón se la consideraba rebelión, y la esclavitud del temor había hecho que los hombres tuvieran miedo a pensar.
Pero tal es la irresistible naturaleza de la verdad que todo lo que pide, y lo único que necesita, es la libertad de aparecer. El sol no necesita de inscripción alguna para distinguirse de la noche, y bastó con que los gobiernos americanos empezaran a exhibirse al mundo para que el despotismo se sintiera sacudido y el hombre empezara a esperar el desagravio.
La independencia de América, considerada meramente como separación de Inglaterra, hubiera sido cuestión de escasa importancia si no hubiera ido acompañada de una revolución en los principios y en la práctica de los gobiernos. Se irguió no sólo en su propia defensa, sino en la del mundo, y miró más allá de los beneficios que ella misma pudiera recibir. Incluso el mercenario de Hesse, pese a estar contratado para combatir contra ella, puede vivir para bendecir su propia derrota, e Inglaterra, que condena la maldad de su gobierno, celebrar su propio aborto.
Al igual que América era el único lugar del mundo político donde podía comenzar el principio de la reforma universal, también era el mejor del mundo natural. Una concatenación de circunstancias conspiró no sólo para darle nacimiento, sino para añadir una gigantesca madurez a sus principios. El escenario que expone este país a los ojos de un espectador contiene algo que genera y alienta las grandes ideas. La naturaleza se le aparece en toda su magnitud. Los grandiosos objetos que contempla actúan sobre su mente ampliándola, y comparte la grandeza que contempla.
Quienes primero se asentaron en ella fueron emigrantes de diferentes naciones europeas, y que profesaban diversas religiones, que escapaban a las persecuciones gubernamentales del viejo mundo y se reunían en el nuevo no como enemigos, sino como hermanos. Los problemas que necesariamente acompañan al cultivo de tierras nuevas produjeron en ellos un estado de la sociedad que los países tanto tiempo hostigados por las peleas y las intrigas de los gobiernos habían olvidado cultivar. […]
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